El artista canadiense Jeff Wall (Vancouver, 78 años) no es solo uno de los mejores creadores del mundo, que usa la fotografía como medio de expresión, sino también uno de los más caros. Tras concluir en enero su exposición en la galería británica White Cube, atiende por correo electrónico a EL PAÍS. Alguien que fue capaz de vender por 3,5 millones de euros una imagen retroiluminada, Dead Troops Talk. A vision after an ambush of a Red Army Patrol, near Moqor, Afganistan, winter 1986 (Las tropas muertas hablan. Una visión después de una emboscada a una patrulla del Ejército Rojo, cerca de Moqor, Afganistán, invierno de 1986), una caja de luz enorme (220 por 417 centímetros), en la sala de subastas Christie’s, en mayo de 1992, es plenamente consciente de la importancia que tiene la longevidad de una imagen. “El problema de la estabilidad o inestabilidad de las fotos es complejo”, admite Wall. Y añade: “Las fotografías bien impresas pueden ser más estables que óleos de mala calidad”. Aunque este último es el material que mejor ha sobrevivido a los siglos. Por su parte, las gelatinas de plata pueden durar mucho si se las cuida bien.Más informaciónQuizá el gran problema esté en el color. La inyección de chorro de tinta parece la mejor solución (la usa, por ejemplo, el fotógrafo alemán Thomas Ruff), aunque más allá de 200 años pierde, en principio, calidad: le falta la prueba del tiempo. En sus cajas de luz, Wall ha sustituido los antiguos tubos de luz por nuevos sistemas de led, que consumen menos, soportan mejor la degradación de la imagen y reducen el grosor de la obra. Aun así, los papeles y las tintas son una partida a los dados. Poco tiene que ver una imagen de Robert Frank (1924-2019) de época en blanco y negro con otra producida en 2000. El Museo Reina Sofía dedicó a este último la exposición HOLD STILL-keep going, en 2001, en la que se apreciaba la diferencia de conservación de las fotos antiguas, más amarillentas, oxidadas, sobre todo en los márgenes blancos, frente a las de producción reciente. Son dos instantáneas distintas. “En términos generales, la mayoría de los tipos de fotografía resultan más vulnerables que las pinturas y esculturas, pero eso está lejos de ser impedimento para coleccionar”, observa Kara Felt, comisaria de fotografía del Museo de Arte de San Diego (Estados Unidos).Fotografías de Thomas Ruff en la exposición ‘Collecting Photography: From Daguerreotype to Digital’, en el The New Photography Centre, en Londres.Ming Yeung (Getty Images)Aunque depende de a quién se pregunte. Algunos grandes coleccionistas españoles rehúyen la fotografía. “El verdadero problema, que nadie revela y que el aficionado se encuentra al cabo de unos años, es la temperatura [unos 21 grados] y el porcentaje de humedad relativa [45%] de exhibición. No se puede mostrar en cualquier sitio ni el tiempo que se quiera”, señala un coleccionista balear con más de 400 obras, que pide no ser citado. “El enemigo vive en casa: cuando los artistas y los galeristas deciden producir tirajes de distintos tamaños. Puro mercado. Es falso que controlen la tirada. De la misma imagen crearán otra obra contemporánea de diferente dimensión. A veces, incluso, más cara que las propias vintages. Resulta muy desmotivador. El mercado es culpable de la situación y el coleccionista apenas puede quejarse”, lamenta. “Acabará como el vídeo: solo se utilizará en instituciones”.En el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) trabajan —al igual que en la mayoría de las instituciones— digitalizando las fotografías, copiando las diapositivas originales y conservando las auténticas en la oscuridad y a bajas temperaturas. Se muestran (al igual que los dibujos) muy pocos días. Los sistemas de conservación también pueden servir para mejorar la longevidad de una obra antigua. Lluís Roqué, conservador-restaurador de fotografía del museo catalán, considera: “Al final es más importante cómo se valora esa imagen que cómo se produce”. En la práctica, todos los museos se basan en limitar la luz, usar filtros ultravioleta e incorporar periodos de descanso en la exhibición.La obra de Jeff Wall ‘Untangling 1994’, adquirida en 2006 por un millón de dólares. The AGE (Fairfax Media / Getty Images)Por otra parte, la historia ha demostrado que las fotos de gelatina de plata son las más resistentes. Gabriel Pérez-Barreiro, director del Museo Universidad de Navarra (MUN), recuerda algo importante: “El soporte forma parte del contenido, pues representa el momento en que esa imagen se fija sobre el material seleccionado por el artista. Sucede algo contradictorio: existe un sector del mercado que valora más lo auténtico, lo artesano, lo vintage, y tal vez por eso los grandes coleccionistas de fotografía aprecian esa pátina que el tiempo aporta a los objetos”, subraya.Wall admite que aunque existen limitaciones tanto en los papeles como en las tintas, hay un interés generalizado de la industria por mejorarlas”. Pero insiste: “El factor principal en la conservación es la actitud de los propietarios o de quienes se encargan de cuidarlas. Las fotografías deben ser expuestas durante un tiempo limitado. Es legítimo el placer de poder ver tu obra favorita año tras año. Y las colecciones disfrutan mostrando al público sus fondos más preciados. Aunque, a la vez, reconocen la necesidad de preservar esos objetos para las generaciones futuras. ¿Consecuencia? Crean programas que tratan la exhibición de ciertas obras como ‘eventos especiales’, mientras que otras se expondrán de manera permanente”. Casi 200 años después de su invención, la fotografía ha avanzado en este campo menos de lo esperado.

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